lunes, 13 de abril de 2009

89, 94.- LUZ en Batalla y Comunión

¿Creíste que Luz es así? Te sorprenderás cuando veas su verdadera cara.
Capítulo 89: Apenas una batalla ganada
La batalla fue pavorosa, llantos de victoria, carcajadas de tristeza, ronquidos de muerte y la tierra embebiéndose de sangre, en silencio, ansiando rechazar la lluvia de dolor.
El sanguinario Rompecráneos, rodeado por sus más feroces guardaespaldas y adeptos, se abrieron paso entre la muchedumbre. Fueron dejando un reguero de cadáveres. Se proponían bajar de los cerros, esconderse en los maizales, cruzarlos y huir hacia el este. Sabían que muchos de los suyos habían huido, tiempo atrás, hacia esa región. Rompecráneos silbó órdenes.
-Nos reorganizaremos en el este. Regresaremos por la venganza.
En la retaguardia de los derrotados seguía la lucha, los perseguidores no querían dejarlos escapar.
-¡No entren en los maizales!- gritó Luz.
Fue coreada por Semilla y su grupo. La voz llegó hasta los enconados combatientes y los prófugos, libres de la persecución, se perdieron cerro abajo.
El lejano maizal les esperaba. Desde allí, muchos pares de ojos malignos observaron el descenso.
Los heridos fueron abandonados por las bandas de Rompecráneos. Pronto, los monstruos del aire los elevarían a las alturas. Los antiguos poderosos velaban sólo por su pellejo. Rompecráneos seguía gozando de ayuda, los guardaespaldas apostaban a un mejor futuro para sí mismos, en alguna otra parte, sí seguían con él.
Una suave y pertinaz llovizna comenzó a mojar la madrugada. La luz de la luna se atenuó con la capa de agua. Hubo un reagrupamiento de peregrinos a las puertas de la cueva y estaban derribando la barrera de rocas. Los cadáveres, de ambos bandos, tapizaban el terreno.
Al mismo tiempo que las teas se fueron consumiendo dentro de la cueva, el amanecer aumentó su brillo. La antorcha del sol tomó el mando de la luz. La multitud empujó el atril con El Gran Libro, hasta donde quedó iluminado; sin exponerlo a la suave lluvia.

Capítulo 90: La Palabra
El enorme atril muchas veces sirvió como púlpito. Incontables y elocuentes sabios habían emitido sus interpretaciones de la Ley, desde allí, en el desconocido pasado. Su plataforma había resistido el paso de los años. El Gran Libro, hecho a mano, a los expertos ojos de Luz, se conservaba de maravilla.
El Maestro Reidor se dejó caer sobre un mullido cerro de barbas de mazorca y ahora estaba al lado de Luz y Rayo. Ellos y toda la muchedumbre, mantenían los ojos fijos sobre El Gran Libro. Parecían esperar su voz. El receptáculo de la sabiduría permaneció mudo, decepcionando a muchos.
Comenzaron a mirarse unos a otros. Desconcierto y miedo empapaba la multitud. Eran niños perdidos en un feo bosque. La mayoría sabía leer y el resto conocía lo suficiente como para seguir a un lector, mientras pronunciaba las palabras escritas.
El miedo siguió creciendo, la duda a utilizar el conocimiento adquirido y asumir la responsabilidad de discernir entre lo malo y lo bueno, los mantenía callados. El terror a ser su propio guía y tomar las decisiones los enmudeció. El temor a ser adulto paralizó sus lenguas. El miedo a la libertad los atenazó.
Semilla, Rayo y El Maestro Reidor, desviaron sus miradas hacia Luz. Ella sintió las miradas de la multitud.
-No se atreven a tocarlo Tienen temor de leerlo. “El miedo al conocimiento”, como dijeron mis maestros.
La joven saltó al atril y como si fuera una enorme puerta, cerró la pesada tapa del Gran Libro. La luz del día destacó su figura sobre el mueble de madera, ella y El Gran Libro brillaban sobre el oscuro fondo de la cueva. Todos, sin excepción, podían ver hasta el último detalle. Numerosas manos se prestaron para voltear el sagrado objeto y dejarlo en su correcta posición. Después, ninguna de ellas se atrevió a separar la tapa del libro.
Con esfuerzo, Luz abrió la fuerte portada. Una inspiración colectiva, seguida de la contención de la respiración, movió al unísono todos los pechos.
Las letras de la primera página eran grandes, claras y legibles; sobre el amarillento, y muy antiguo papel, se destacó el texto. Una hermosa letra cursiva atrajo la vista de la multitud.
-Fue escrito a mano, es un ejemplar único. No fue impreso con planchas de madera como los libros modernos. Mis Maestros estarían maravillados- Pensó Luz, extasiada por la belleza de la página.
Y comenzó a leer en alta voz.

Capítulo 91: El Mensaje de Los Sabios
-Querida comunidad:
-Este libro ha sido escrito con la sana misión de hacer llegar hasta ustedes, la sabiduría acumulada por nuestros más preclaros hermanos y hermanas.
Todos los que tenían al alcance de la vista el sagrado texto, la imitaron en voz alta. Eran muchos, puesto que el tamaño del libro y la luz de la mañana, contribuyeron a tal efecto. Al finalizar la línea, Luz se detuvo un instante.
-¿Hermanas?- pensó. –Nunca hubo hermanas en El Gran Concejo, por lo menos que los actuales ancianos lo recuerden.
Se sobrepuso y continuó leyendo. El coro de voces la acompañó. Hasta el último de la multitud pudo enterarse del contenido.
-Nuestra vida monacal tiene muchas exigencias. Nuestros ayunos son largos y duros, pero nos dan fuerza espiritual. Nuestro cuerpo, templo de nuestra alma, necesita obligatorios cuidados. En una labor de años, más de la mitad de mi larga vida, he reunido las experiencias y conocimientos acumulados por nuestras hermandades. Aquí plasmo tal sabiduría. Estamos en tierras extrañas, debemos adaptar nuestros cuerpos a las exigencias de su clima. El alimento de nuestro cuerpo es importante; tanto como el de nuestra alma
Luz seguía leyendo y el coro magnificando su voz. El texto del libro se había convertido en una oración colectiva. Los cadáveres de los caídos parecían mansos feligreses atentos al sagrado escrito.
-Muchos de aquellos deliciosos manjares de nuestras tierras, no se encuentran aquí. Pero hemos sido bendecidos: tenemos el maíz y muchos otros frutos.
-Complicadas parábolas, todavía no capto su mensaje
- pensó Luz
Y continuó leyendo.
-En las siguientes páginas, encontrarán recetas recibidas por la tradición oral. Las adapté a nuestros actuales recursos, en compañía de mis hermanos y hermanas. Sus nombres están dirigidos a nuestro espíritu y su contenido a nuestro cuerpo. No separen uno de lo otro, se perdería el beneficioso efecto. Una sugerencia, hermanos y hermanas lectores: cuando tengan el alma desgarrada, abran al azar sus páginas y encontrarán alimento para cuerpo y espíritu.
Se terminó la página. Luz calló y también lo hizo el coro. Miró al Maestro Reidor y vio que éste, confundidas con la lluvia, tenía lágrimas en las mejillas. No le parecieron lágrimas de alegría.

Capítulo 92: Un coro de llanto
Las manos de Luz temblaban. La multitud estaba expectante, el olor del miedo a lo desconocido saturó el aire. La joven miró de nuevo la cara del Maestro Reidor, y vio más llanto. En la cara de Semilla distinguió temor y desconcierto. Rayo le sostuvo la mirada, esbozó una débil sonrisa y adelantó un paso al frente.
La joven se llenó de valor y tomando la primera página con ambas manos, la pasó con movimiento firme y decidido. Sin hablar leyó el título, luego con llorosa y débil voz pronunció:
-Ensalada para días brillantes.- El coro la imitó hasta en el pequeño sollozo del punto final.
Siguió un enunciado de componentes vegetales, un procedimiento de la tarea y una descripción de la presentación sobre el plato. Pasó la página y leyó primero el título, el cual, al igual que el anterior, estaba escrito con bellas letras con formas vegetales en sus trazos.
Luz, coreada por la multitud, siguió leyendo página tras página. No se atrevían a dejar de leer. Inmersos en la tarea, negaban la realidad. En la multitud muchos movían sus cabezas adelante y atrás, recitando en coro.
La furia fue invadiendo el menudo cuerpo de la joven. De repente, comenzó a pasar las páginas una tras otra, y más recetas alimenticias aparecieron. Ya nadie intentó leer en alta voz. La multitud pudo ver con claridad el similar contenido de cada hoja.
Jadeando por el esfuerzo, llegó a la última página y en un acto de furia negadora, las retrocedió una por una. Abrigaba la irracional esperanza de encontrar las sagradas escrituras. Llegó al principio, y se quedó mirando el prólogo leído antes. Por la cara de Luz corría la lluvia de sus ojos. El llanto del cielo siguió empapando la callada multitud. Los cuerpos de los caídos en la lucha fratricida, tenían surcos de agua a los lados de sus ojos. Parecían llorar por la inutilidad de sus muertes.
Todos comenzaron a someterse a la terrible realidad. Sabían de lo que hablaba el libro, desde siempre habían visto a los pescadores del río elaborar y con fuego, cocinar sus comidas en la playa o en la cubierta de los botes.
La desgarradora verdad se definió en palabras dentro de todas las mentes y en la de Luz.
-¡Es un libro de cocina! El Gran Libro, es un libro de cocina. La Verdad Escrita nunca existió. Desde el principio del principio, El Gran Consejo engañó al pueblo. Nunca nadie poseyó el conocimiento, ni siquiera para distinguir un libro de cocina de un Gran Libro. Nos engañaron, porque quisimos ser estafados.
Luz tomó asiento en el púlpito de los sabios y lloró con amargura, el coro la acompañó. La multitud, la acompañó.

Capítulo 93: Comunión
El Maestro Reidor, parado bajo la lluvia, leyó en voz muy baja el último párrafo de la introducción del libro.
-Sus nombres, están dirigidos a nuestro espíritu y su contenido a nuestro cuerpo. No separen uno de lo otro, se perdería el beneficioso efecto. Una sugerencia, hermanos y hermanas lectores: cuando tengan el alma desgarrada, abran al azar sus páginas y encontrarán alimento para cuerpo y espíritu.
Rayo lo miró de frente, sonrió y de un salto se proyectó sobre el atril. Luz lo miró entre la niebla de su llanto. Vio como Rayo intentaba abrir el libro avanzando un grueso grupo de páginas a la vez. Se levantó y lo ayudó.
Un bloque de páginas avanzó y golpeó con fuerza al otro lado del libro. Todos levantaron las miradas. El título de una receta, escrito con letras brillantes y muy adornadas, se destacó a la todavía tenue luz solar.
-Dulce amarillo para un triste luto. – Leyó Luz en alta voz. La multitud hizo coro y la joven continuó.
-Hermano, hermana. Tomen una mazorca de maíz tierno, coman sus suaves granos amarillos como el sol, despacio, paladeen su dulzura. Sientan el sabor de la luz y la tibieza. Permitan que su cuerpo se inunde con su optimismo. Cada una de estas semillas pudo haber sido una gran planta al sol de las llanuras, ahora formará parte de ti. Fortalecerá tu cuerpo para que tu alma se sostenga en este mundo. No la defraudes, nació para ti.
Luz guardó silencio. El Maestro Reidor tomó granos de maíz tierno, los repartió entre Luz y Rayo y dio algunos a los más cercanos. Semilla y sus amigas le imitaron. Los dorados granos fueron pasando, de mano en mano, hasta llegar a los últimos de la silenciosa multitud.
Un rato después, cada mano tenía brillantes y pequeños soles. Hasta las de los muertos sostenían las perlas amarillas. Los gigantescos caídos, congéneres de Rompecráneos, también tenían los suyos. No hay enemigo después de la muerte.
Luz, de pie, con Rayo a su lado, comió, muy despacio, el primer grano. Al mismo tiempo todos la imitaron. La lluvia comenzó a amainar, el sol empezó a brillar.

Capítulo 94: Salvados por ellos mismos
La fresca y luminosa mañana regó de luz hasta el último rincón de los cerros y la llanura. La multitud no se movió. Una capa de húmeda tristeza todavía los cubría. El optimismo apenas estaba en semilla dentro de sus cuerpos, después de la comunión con los granos dorados.
De nuevo, las miradas convergieron sobre Luz, ella permaneció sobre el atril del libro, junto a Rayo. Entonces la joven habló muy despacio. El coro de repetidores la siguió y se detuvo poco a poco. Ella continuó subiendo el volumen de su voz y la llanura se dispuso a escuchar.
-Hace más de dos mil años, dos pueblos hermanos lucharon hasta la muerte. ¿La razón? La misma que nos llevó hoy a matarnos entre hermanos: diferentes opiniones de cómo gobernarnos. Diferentes opiniones de cómo llegar a la paz. Diferentes opiniones de cómo llegar al poder y mantenerlo.
-¿Por qué se recuerda aún esa contienda? Quedó escrito y los amantes de la escritura conservaron esos documentos para no olvidar que los ganadores tuvieron como jefe un gran Estadista. Él pronunció unas palabras que se han ido repitiendo hasta hoy en las mentes de los seguidores del bien colectivo.
-El gran estadista se llamó Perícles y esas tres palabras fueron: Ley, Libertad, Igualdad. Su sistema de gobierno fue llamado Democracia. Después de esa triste matanza, no terminó la diferencia de opiniones. Persiste hasta nuestros días.
-¿Por qué llegan al poder seres tan contrarios al espíritu de la Democracia?-y Luz contestó su pregunta.
- Porque les entregamos nuestro poder. Porque nos convencemos que sin ellos no podríamos llegar.
Luz alzó la voz.
-Ustedes no necesitan ser salvados por un gran líder, los líderes son ustedes mismos. Ustedes no necesitan que les interpreten las cosas, ustedes son capaces de revisar, y corregir de ser necesario, sus propios criterios y opiniones. Ustedes no necesitan matar para convencer: ustedes cuentan con la palabra hablada y escrita. Ustedes no necesitan creer a ciegas en la palabra escrita, las escrituras también pueden mentir o estar equivocadas. Ustedes no necesitan atacar al oponente, combatan sus ideas, no su cuerpo.
Hizo una larga pausa, y nadie habló, nadie se movió. Hasta los pensamientos estaban detenidos en sólo una idea.

1 comentario:

21Harold dijo...

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Harold Hidalgo
Hidalgo Ediciones