miércoles, 17 de octubre de 2012
EL GUSANO Y EL NIDO DE AGUILAS
Puedes leerlo en:
http://lacuevadellobo.blogspot.com/2012/06/el-gusano-y-el-nido-de-la-aguilas.html
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domingo, 25 de septiembre de 2011
KOKURA

KOKURA
El sol naciente ilumina un hombre y una mujer, ambos de hinojos arriba de una piedra. La fisonomía oriental y su vestimenta, los hace pasar desapercibidos. Habían salido de entre viejos escombros cubiertos de maleza.
A pocos metros de allí existió un castillo, ochenta atrás fue destruido durante una batalla.
Él habló en voz baja.
—Mucha gente ha muerto.
Ella agregó con tristeza.
—Están llegando al punto sin regreso.
De repente levantaron la mirada hacia el horizonte.
— ¿Otro bombardeo? —dijo en voz baja el hombre, como si evitara ser oído por los tripulantes de aquella aeronave, todavía invisible por la distancia.
—Están lejos —la mujer había murmurado muy quedo, y cerró los ojos rasgados. Transcurrieron minutos y a su espalda el brillo del sol aumentaba mientras surgía del horizonte.
—Vienen a destruir esta ciudad —aunque ella lo había dicho como si comentara el estado del tiempo, las venas de sus sienes latían con fuerza.
El hombre también habló despacio.
—Será inútil correr a nuestro refugio, esto no es como el incendio de un castillo —en la mente de ambos vislumbraron el sitio donde habitan desde hace mucho tiempo, oculto en el subsuelo de la colina.
Ella recitó palabras muy suaves.
—Tuvimos gran fortuna al estrellarnos en este mundo, pudimos ayudar su gente.
Él se lamentó.
—Reverencian la guerra. Nuestro mismo error.
Los segundos volaban como bombas asesinas.
—No tenemos tiempo para huir —susurró la mujer.
El hombre, luego de una larga pausa, habló casi de manera inaudible.
—Llegó el momento para el cual nos hemos preparado durante toda nuestra existencia, miles de veces más larga que la de cualquier ser de éste planeta —él también revelaba sutiles signos de agitación, pero no se movía.
—Sólo nos queda concentrar nuestros pensamientos y orar —ella comenzó a respirar de manera controlada y las pulsaciones de su frente se calmaron.
La pareja entró en un profundo estado de meditación, levitaron casi un centímetro, evento obstruido a la vista de cualquier observador gracias a la amplitud de sus ropajes. Florecieron gotas de transpiración en sus frentes y las facciones variaron con lentitud.
El viento cambió de dirección y unos minutos después ambas caras tenían nariz diminuta, quijada puntiaguda, ojos grandes y redondos. El color de la piel se les había tornado similar al nácar envejecido.
La luz del sol hizo destellar las cabelleras color marfil, un momento antes habían sido oscuras como madera quemada. Parecían figuras de porcelana con la capacidad de transpirar.
Nubes lejanas, provenientes del océano, avanzaron sobre la ciudad.
La gente quedó decepcionada cuando el brillo del sol se atenuó, esperaban un bello día soleado.
La tripulación del bombardero también estaba contrariada, el blanco se cubría de nubarrones, para cuando lo alcanzaran tal vez sería imposible distinguir la urbe designada como objetivo.
Ruido de motores lo sintieron rondar por encima de las nubes durante un rato interminable.
La mujer abrió los ojos, ahora tenían un color violeta intenso, en lugar del marrón oscuro de antes.
—No van a regresar a su base —esta vez habló con más fuerza y comenzó a sollozar en silencio—, nos salvamos pero muchos morirán.
La voz del hombre sonó afligida.
—Fuimos oídos por alguna razón. Y no debemos recriminarnos.
Sus cuerpos habían descendido y de nuevo reposaban sobre la piedra.
Se levantaron y fueron caminando hasta la cumbre de la colina, mirando hacia el lugar por donde el bombardero y su comitiva se habían perdido entre la bruma.
Abrazados, se mantuvieron inmóviles casi una hora.
De súbito, desde el lugar donde estaba la ciudad de Nagasaki, llegó el resplandor del infierno.
Cayeron de rodillas, lloraban con tal tristeza que las nubes, convocadas sobre la ciudad de Kokura, se contagiaron con el llanto.
Kokura: está en el noroeste de la prefectura de Fukuoka, en la isla de Kyushu, Japón. El 9 de agosto de 1945, la segunda bomba atómica estaba destinada contra la ciudad de Kokura, una repentina falta de visibilidad obligó a los pilotos a cambiar el objetivo, después de haber estado volando en círculos esperando se despejara la bruma. Entonces a las 11 y dos minutos destruyeron Nagasaki.
lunes, 23 de mayo de 2011
CARBONITA EN NORKAPP
El brazo robot de la grúa, con un enorme pedrusco rectangular entre sus garras, salió chorreando del agua helada. Todo ocurría en un pueblo de la región Norkapp, donde alguna vez existió un país llamado Noruega.La gente había observado el río descongelándose antes de tiempo y llamaron las autoridades. A pesar de haber finalizado el período nocturno del año, la penumbra del frío verano alteraba los colores del paisaje, debido al reflejo lejano de la aurora boreal.
La piedra resultó ser un bloque de Carbonita, material imposible de fabricar en el planeta tierra desde milenios atrás, ya no se contaba con fuentes de energía con la suficiente potencia para algo así.
Sobre la nieve manchada de puntos oscurecidos, traídos por la llovizna, las personas se arremolinaron alrededor del objeto y oyeron cuando un pálido oficial de Seguridad Terrestre informaba, fingiendo conocimientos científicos.
—La caja de control entró en Modo Resurrección; la Carbonita produjo energía térmica y derritió el hielo. Ya podemos ver cara, manos y parte del cuerpo.
— ¿Quién habrá sido? —murmuró una mujer color tiza, con uniforme de la Guardia de los Alimentos bajo el raído abrigo de piel.
Otro uniformado habló.
—Su indumentaria indica poco. Es un hombre, tal vez del siglo XXII ó XXIII. Imposible saber cómo fue a parar al glaciar donde nace este río.
El patriarca del pueblo, tan blanco que parecía un albino, mostró cara de asombro y murmuró al oído de su esposa número cuatro.
— ¿Estuvo allí desde la Guerra del Agua, dos mil años bajo el hielo?
La cónyuge número uno contestó, antes que la otra.
—Y desde la Guerra del Aire Limpio. Sólo se salvó gente cercana a los polos del planeta. Lo dijo el Gran Sacerdote del Sol, el domingo pasado —y miró con desdén a las demás mujeres, parpadeando sus ojos casi blancos.
La misma dama de la Guardia de los Alimentos volvió a dejar una pregunta en el aire.
—Tal vez era un burócrata importante, o muy rico, el costo para escapar de la tierra debió ser fabuloso. ¿Por qué no pudo salir del planeta?
Envuelto en piel de oso, un niño, al que sólo podía verse ojos cerúleos, exclamó con alegría:
—Está abriendo la boca.
La pequeña multitud quedó muda.
El resucitado estaba intentando respirar y boqueaba con los ojos muy abiertos. Al fin inhaló y los pensamientos, en aquel cerebro solidificado por tanto tiempo, comenzaron a fluir, rebobinando recuerdos de veinte siglos atrás.
<<Todo es carreras y gritos. Los militares empujan los científicos y traen a la carrera al Señor Presidente, para bajarlo al cubilete. Hubo una falla irreversible de energía, sólo hay tiempo para hacer un bloque de Carbonita, el último de los millones que están en los transbordadores espaciales. Nuestro líder despertará en un sistema solar diferente, con un planeta lleno de vida.
Apretó los ojos e inhaló por segunda vez.
<<El presidente es gordo y pesado; los demás quedamos condenados a permanecer en la tierra. Las batallas por los territorios con agua y aire limpio nos aniquilaran. Dios mío, me olvidé barrer alrededor de la máquina, el presidente verá la basura, perderé mi lugar en el próximo transbordador, aunque ya no importa, sin Carbonita moriré de viejo en el espacio y no veré el nuevo mundo. Oh gran Dios, no tengo familia, pero me gustaría saber que va a pasar en mi planeta.
El barrendero recordó su carrera hacia el orificio en el suelo, por donde bajarían al Presidente del Imperio Limpio, se enredó con la escoba, cayó por el agujero, la máquina sintió el cuerpo humano y se disparó para crear el último bloque de Carbonita de la historia. El sirviente quedó solidificado en un instante y las luces en toda la ciudad se apagaron.
El viento helado llevó las palabras del resucitado a la gente aglomerada a su alrededor.
—Voy a barrer el piso. ¿Dónde está el Señor Presidente?
sábado, 16 de octubre de 2010
GARGAN

Gargan despertó, miró por la ventana y a lo lejos entrevió la luz del atardecer, la aldea parecía construida debajo de una mesa con muchas patas de cien o más metros de alto; sobre aquella estructura estaba la metrópoli, cubriendo una extensión de ciento cincuenta kilómetros de diámetro. El anacronismo entre los poblados de la oscuridad y los rascacielos iluminados por el sol, era un espectáculo frecuente en la mayoría de los planetas del imperio “Eterna Humanidad”, nuevo nombre desde el cambio de poderes ocurrido casi trescientos años atrás.
Ya cerrada la noche Gargan llegó al centro de la plataforma en la región de perenne tiniebla, calles iluminadas con faros de gas mostraban sombras en continuo parpadeo. Entró al arcaico edificio de piedra, sus dos metros y treinta centímetros de estatura, aunados al enorme peso de huesos, músculos y traje blindado, le abrieron paso con facilidad entre los consultantes de Eparía la sibila, mujer misteriosa procedente nadie sabía de dónde. Los peregrinos venían desde las profundidades de la galaxia, en su mayor parte civiles de gran fortuna. Gargan era un guerrero, no practicante de este culto aparecido apenas un milenio atrás; supo de su existencia la semana anterior, mientras deambulaba calles abarrotadas de burdeles colindantes a su posada.
Dos gemas doradas, botín de guerra en FK2 del sistema 20M385, le abrieron las puertas. Penetró con grandes pasos al extenso recinto circular, iluminado con teas, repleto de tesoros abandonados por los visitantes. Habló con ímpetu, tal vez intentando parecer fuerte.
—Soy Gargan, hijo de Algatea, nací campesino, la sangre de vacas pariendo fue la única que había corrido por mis manos, y la de mi madre, cuando asistí el parto de mis hermanos. Nunca tuve descendencia, de niño creí que mis terneros engendrarían muchos más y en las noches de lluvia oí sus risas venir del futuro. Era feliz. A los diez años fui reclutado.
Eparía, la sibila, apenas cubierta con la cabellera blanca, era de apariencia muy juvenil; su voz cascada parecía tener miles de años. Estaba de pie, sobre un pedestal de oro y piedras relumbrantes.
— Eres un guerrero, matar te es permitido por todas las creencias. ¿Porqué tal agonía?
La ronca voz del hombre hizo temblar las llamas de las antorchas.
—Llegamos como lluvia infernal sobre aquel planeta, debíamos destruir un androide con cuerpo de mujer, acusada de algo único, desconocido y letal para la raza humana. No teníamos manera de identificarla, convenía arrasar con todas. La guerra contra los “imperfectos” me había dado riqueza y poder, si los vientos de la galaxia me ayudaban al menos estaría en la ciudad dónde fuera destruida y mi paga sería inmensa. Imaginé mi retiro regresando a la Tierra, abrazando mis terneros, cantando a la llanura.
—Y fue así. Apareció frente a tu arma —aseguró la voz de anciana —, eres el legendario Gargan, “el soplo astral”, todos supieron de tu epopeya. Luego desapareciste.
El guerrero bajó el volumen de su ronquido, como la advertencia de una fiera. Su gruesa piel, endurecida en laboratorios del ejército, brillaba de sudor a pesar del frío y los vapores del aliento se elevaron a la oscuridad. Nuevas palabras brotaron como desplome de piedras.
—Dejando cientos de cuerpos desgarrados tras de mí, subí hasta una torre defensiva deformada por los impactos, me encontré frente a varias de ellas, preciosas como los sueños, irradiaban aroma de perfumes misteriosos. Recordé las creencias de mis abuelos: tenía diosas del Paraíso frente a mí.
La sibila Eparía lo miró con ojos muy claros, parecían no tener pupila. Gargan se sintió traspasado por dos floretes de hielo. La boca de la mujer casi no se movía al pronunciar palabras.
—Y una de ellas se adelantó ¿verdad?, sonrió con dulzura y abrió el pectoral de la armadura hasta el pubis. La belleza de sus pechos te hipnotizó y tus ojos ninguna otra cosa miraron. ¿Pensaba seducirte?, creíste de inmediato. Estaba indefensa, tu espíritu guerrero se sobrepuso y disparó.
Gargan cayó de rodillas, el choque contra el suelo produjo un estremecimiento en las paredes del santuario. Un ahogo, tal vez de llanto, interrumpió el sonoro aliento de bestia descomunal.
—Quise con la fuerza de mi alma detener la descarga cuando comprendí que en verdad me mostraba su preñez. Demasiado tarde, el proyectil fue desviado, pero la amplitud de la centella eléctrica la tumbó.
Eparía gritó, las venas del cuello inflamadas como cables azules, parecía narrar la muerte de su estirpe.
—Y se interrumpió la batalla en todo el planeta, cada androide oyó cuando aquéllos dos corazones se detuvieron, en ese instante la semilla de su esperanza murió. Abandonaron la defensa y fueron destruidos por tu ejército de “seres humanos verdaderos”
Gargan intentó desgarrar el peto de su coraza, sus dedos temblaban y no logró separar las placas. Aquellos ojos enrojecidos vertieron lágrimas sobre la piel correosa.
—He matado millares de humanos y galácticos de toda clase, llegué al fondo con sólo una muerte. En aquel momento oí el llanto de millones cuando murieron antes de ser concebidos. ¿Por qué los vientos de la galaxia me llevaron allí? ¿Qué hice para sufrir este infierno? Yo Gargan, inmerecido hijo de Algatea, soy el verdugo de algo que no sé cómo llamar: ¿otra humanidad en verdad compasiva?
Eparía señaló con un dedo largo y afilado.
—Allí hay dos copas iguales. Una es Cicuta.
Con voz estentórea Gargan rugió a lo alto.
—Si el azar existe no quiero ser su víctima una vez más. Por lo menos en este instante aspiro ser dueño de mí destino.
Con una en cada mano bebió las dos. Creyó oír mugido de ganado, el soplo del viento sobre infinitos pastizales, risas de niños y mujeres cantando.
Eparía sintió piedad, clemencia de androide, dolor, tristeza y resignación por el amargo destino de su especie.
Gargan cayó muerto y fue incinerado en los siguientes treinta segundos; partículas de humo salieron por la chimenea, cada una se apartó de la otra, como horrorizada, y se perdió en el espacio.
domingo, 3 de octubre de 2010
LA BUENA VIDA

— ¿Ese era el último? —preguntó Marcanna.
—Afirmativo, fueron 15780 —respondió una voz masculina en sus auriculares.
— ¿Cuántas bajas tuvimos?
—Doscientos cuatro soldados, tres capitanes y un navegante.
— ¿Podemos disponer de los cuerpos?
—Afirmativo. Todos habían firmado el protocolo.
— ¿De dónde vinieron esos desesperados?
—Formaban parte de una retaguardia, hay trillones de fugitivos, escapan del sistema solar H-587 en naves sobrecargadas. Nos lo acaban de reportar.
— ¿Ya abrieron alguno?
—Afirmativo. Pasaron la prueba. Hay veinte o treinta organismos vivos, como promedio, localizados entre los ojos de la máquina y en su pecho, cada uno tiene aspecto de ostra jugosa.
— ¿Cuánto pesan? —dijo Marcanna, con cierta ansiedad.
—Entre dos y tres mil kilos por individuo, sin la cáscara.
— Bien, sus vehículos de combate son primitivos: vuelan, nadan, lanzan rayos destructores, pero son fáciles de derribar. ¿Por qué tendrán ese diseño imitación del cuerpo humano?
—Tal vez lo consideran algo intimidante, pavoroso de encontrar frente a frente; con seguridad sus enemigos debían huir aterrorizados al verlos llegar.
Marcanna oyó otra voz, era femenina y más delicada que la de ella.
—Creo que no esperaban encontrar humanos en esta zona de la Vía Láctea, tal vez imaginaron que éramos una leyenda.
—Sí Aret, llegamos primero a la galaxia y nos pertenece por designio divino.
Marcanna miró la enorme máquina que había derribado con el cañón de antimateria, el punto que escogió para herirlo, por fortuna, no dañó los ocupantes, apuntó entre las piernas, donde supuso que estaría la arcaica fuente de energía. Pensó en la botella de vino que tenía guardada, sería perfecta para el banquete de esta noche con aquél androide “aroma de caballo y textura de recia madera” como lo recordaba, así le gustaban. Suspiró y habló mientras tecleaba el código de reposo en HIENA-666, su pieza artillera preferida.
—Mañana tendremos que volver al trabajo. En la tierra gustó la carne de aquel ganado similar a insectos, aunque crudos olían tan mal, ¡flores y frutas, qué asco!
Hizo una pausa y escupió casi a cuatro metros.
—Aunque sus armas eran superiores a las de estos y su aspecto no tan apetitoso, es una lástima que se acabaron.
Miró al cielo con reverencia y agregó en voz baja.
—Nos mandaron un buen sustituto. El reino celestial nos protege.
