viernes 2 de octubre de 2009

LA CARTOMANTICA


¿Adivinas qué vio?

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sábado 11 de julio de 2009

95, 96, 97, 98.- CAPITULO FINAL de LUZ

En algún momento, desde lo alto, llega la justicia.

Capítulo 95: Así habló Pericles, de nuevo.
Una suave corriente de aire regresó al presente a la joven.
—Adivino el pensamiento nacido en sus mentes y digo: me niego a tomar el papel de salvadora. Ustedes no son víctimas indefensas, no repitan la historia. Decídanse elegir los más capaces, que por ser más capaces no son superiores.
Hizo otra larga pausa, los maizales estaban estáticos, ni el viento se desplazaba.
— ¿Cómo reconocerlos?, por sus frutos—continuó—, ¿cumplen sus ofrecimientos más pequeños? ¿Son puntuales en las citas? ¿Han demostrado ser capaces y eficientes en lo que prometieron hacer? ¿Posponen la solución de los problemas? ¿Cooperan o sólo critican?
La multitud hizo pequeños movimientos.
—Reúnanse con sus clanes. Elijan a los más capaces y honestos. Formen un Gran Concejo. Pongan estrictos límites a su poder y a la duración de su gestión. No dejen impunes sus faltas.
Todos estaban de pie. Se miraron a las caras, y se reconocieron unos a otros.
—Para la próxima luna llena debemos tener reorganizado y funcionando nuestro gobierno. Nada de largos debates. Fijemos el tiempo que ha de durar una discusión y luego votemos. Quedaremos sorprendidos. Los que actúen de mala fe serán desenmascarados.
Suspiró, bajó los brazos y concluyó.
—Recordemos las palabras del gran estadista Pericles, frente a los cadáveres de muchos de los suyos, cuando murieron defendiendo La Democracia: “Por La Democracia murieron estos ciudadanos, considerando justo, con toda nobleza, que no les fuera arrebatada; por ella, todos los que quedamos, es natural que aceptemos sufrir penalidades”.
—Hermanos y hermanas—, respiró profundo y continuó— yo Luz, pido ahora: enterremos nuestros muertos, todos ellos son nuestros. Sepultemos nuestros odios. Abrámonos al optimismo. Hay demasiadas cosas bellas en nuestra corta vida para desperdiciarla con la furia.
En silencio bajó del atril y junto con Rayo, el Maestro Reidor y el grupo de Semilla, comenzaron a limpiar el lugar. La multitud los imitó.

Capítulo 96: El reto en la colina
La travesía del gran maizal ha sido trágica para Rompecráneos y sus seguidores. Terror y sus secuaces los han diezmado. Gordos y desentrenados por la cómoda vida, han sido presas fáciles y los monstruos del aire pareciera que intuyeron la debilidad. Cada bajada en picada es una presa segura.
Rompecráneos, rodeado de guardaespaldas, ha gozado de una barrera protectora. Avanzan por el sendero que sus anteriores esclavos abrieron con sus diarias tareas de trabajo forzado. Están jadeantes, aterrorizados y envenenados por la sed de venganza. Se acerca la noche, y ya están casi al otro lado del maizal.
Destacado por el crepúsculo, sobre una colina, y sobresaliendo por encima de los maizales, hay algo. Fue Rompecráneos quien primero lo vio. La cicatriz de su cráneo y espalda le produjeron un dolor agudo ante la vista de lo que parece un fantasma.
Lo señaló y sus guardaespaldas también lo vieron. Lo recordaron. Es el solitario defensor de la escalera. Está sentado sobre una loma, despreciando el peligro de Terror y los monstruos voladores.
Titubearon y evaluaron posibilidades. Son combatientes derrotados pero expertos. Tienen la mirada fija sobre el antiguo ganador de la batalla en la casona, al otro lado del río. Por su culpa tuvieron que huir a este lado, rechazados por otros clanes dominantes y es el culpable de la pérdida de influencia de Rompecráneos sobre las grandes tribus. El miedo inicial va convirtiéndose en furia.
Sonaron voces de mando y atacaron en bloque. Rompecráneos va flanqueado por los mejores de sus fuerzas. A medida que van llegando a su objetivo, se abren en abanico. Ya casi son un círculo de atacantes. El solitario enemigo está siendo rodeado. Se dan cuenta que ahora sí tienen grandes posibilidades a su favor. Son tan numerosos que hasta se estorban hombro con hombro en la aproximación. Y detrás de cada uno, vienen más filas. La victoria es segura.
Por sorpresa, el retador amarillo desapareció. De un salto escapó a través de una fisura en el semicírculo de odio que casi le atrapaba.

Capítulo 97: La Justicia, de alguna manera, alcanzará al criminal
Enfurecidos y frustrados se amontonaron en la loma, tratando de distinguir a su alrededor dónde se ocultó el enemigo. La oscuridad derrotó el día. Se sienten mejor, las sombras es su ambiente natural. Uno de ellos silba órdenes y un grupo compacto se lanzó a la retaguardia donde creyeron ver un movimiento.
Más órdenes se oyeron en las tinieblas. Los relámpagos se suceden unos tras otro; no hay lluvia pero las descargas eléctricas en lo alto se repiten sin pausa. Apenas llega el sonido de los truenos hasta la tierra, los rayos parecen mudos. La silueta del amenazador fantasma se vislumbró en otra parte. Otro grupo se lanzó a su encuentro.
Rompecráneos, desde la parte superior de la loma, rodeado por sus guardaespaldas, mira hacia el este. Mañana estará allí. Acabará con los jefes traidores que lo abandonaron y se establecerá para reorganizarse. El líder se levantó en toda su estatura y creyó sentir el olor de la sangre de sus enemigos. Un relámpago cegador se disparó en lo alto. No se apagó, permaneció encendido un largo segundo. El trueno tal vez llegará después.
Una sombra inmensa se proyectó sobre la loma. Algunos creyeron ver garras y alas, otros nada vieron. Un espantoso chillido de terror se perdió en la oscuridad.
Desde las sombras, el místico Garras Prometeo vio la escena y apartó la mirada. El par de garras del monstruo volador estrujó el cuerpo de Rompecráneos y lo ascendió a la oscuridad de las alturas.
— Aquí en la tierra, por los siglos de los siglos, en algún momento, desde lo alto, llega la justicia— susurró en voz muy baja.

Capítulo98: Optimismo y un Oasis de Sabiduría
El Gran Consejo Temporal está formado. Representantes de los dos sexos realizan cortos debates y votan. Al finalizar, regresan a sus respectivos clanes, el trabajo les espera. El Gran Libro, en su atril, permanece abierto en la página correspondiente a la receta: “Dulce amarillo para un triste luto”. Está de nuevo visible, en el fondo de la Cueva del Gran Libro, detrás de los cúmulos de grano depositado.
El optimismo germinó en los cuerpos de los sobrevivientes de la batalla. La esperanza, de que este clima de concordia se mantenga, es general. Semilla y su grupo se despiden, van hacia el norte a llevar las buenas noticias a los refugiados en el Bosque Oscuro. Espera regresar con el mayor número de ellos.
El Maestro Reidor no cabe dentro de sí por la emoción y la expectativa. Sus amigos, del otro lado del río, le han invitado a pasar con ellos una larga temporada. Podrá ver y leer muchos libros.
Más tarde, Luz y Rayo, tomados de la mano, miran hacia el oeste, hacia el río. Desde la falda del cerro, lejos de los clanes, ven a lo lejos venir al Maestro Helio con una gran caja, tras él, vigilando la retaguardia, le sigue Garras Prometeo.
Tiempo después están reunidos en la gran biblioteca de la vieja casona: los abuelos Cantador y Serena; los padres de Luz, Silbador y Rocío; el Maestro Reidor; Rayo, al lado de Luz; el Maestro Helio; el Maestro Garras Prometeo y muy cerca de él, un poco nerviosa, Luna la hermosa guerrera.
Luna con su cantarina voz comenzó a leer:
—“Tenemos un régimen de gobierno que no envidia las leyes de otras ciudades, sino que somos un ejemplo y no imitamos a los demás. Su nombre es Democracia, por no depender el gobierno de pocos, sino de un número mayor; de acuerdo con nuestras leyes, cada uno está en situación de igualdad de derechos…”
Es el discurso fúnebre, pronunciado más de dos mil años atrás, por Perícles, el demócrata estadista Ateniense, cuando se cumplió el primer año de guerra contra la liga del Peloponeso.
Está escrito en griego antiguo, de puño y letra de Tucídides, el historiador. Este grueso y único ejemplar original de la “Historia de las Guerras del Peloponeso”, es sólo uno de los maravillosos documentos que conserva el Maestro Helio en su remota biblioteca.

viernes 12 de junio de 2009

Escenas verdaderas de LUZ hasta capítulo 94

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El volumen de los silbidos aumentó, ellos están alcanzándolos en la oscuridad. Una débil iluminación anuncia una salida del laberinto y con dificultad los abuelos trepan. Entonces el silbido de guerra de su padre retumbó, es la primera vez que Luz lo siente en sus oídos. En la penumbra vio su espalda cuando se plantó para enfrentar la arrolladora amenaza. Los abuelos tomaron a Luz, y la madre, coreando el canto guerrero, regresó para presentar batalla.



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La carrera por la selva fue brutal, a lo lejos se oye el ruido de la batalla y los dos ancianos, llevando a Luz, avanzan entre las sombras. Los viejos se sienten empujados en la dirección menos aconsejada por sus años de experiencia. El río está plagado de peligros: caimanes taimados, hirvientes bancos de pirañas y la pesada corriente del viajero océano, es un inmenso caudal, tibio y turbio. Un barco amarrado a la orilla, es otro peligro mortal, los ocupantes los matarán sí los sorprenden.




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Entonces, el abuelo comió parte del queso, esperó unos momentos y luego probó la leche y el maíz. La abuela se acercó y comió en la misma secuencia. Mientras tanto, Luz esperaba. Después los abuelos la acompañaron y los tres se alimentaron en silencio, dando furtivas miradas a sus observadores. Por encima de la cabeza del hombre, el guerrero los observaba impasible; él era un espectáculo aterrador.




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Los días pasaron y una noche Garras pidió a Helio ir a ver algo en la biblioteca; Luz, utilizando pluma y tinta, escribió su propio nombre y luego, con infantil voz, leyó un antiguo escrito sobre un viejo pergamino.





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Entre el fragor de los truenos, oyó un lamento y miró a todos lados; cuando paseó la mirada hacia su derecha, ocurrió el relámpago más intenso. A lo lejos, por una fracción de segundo vio algo, no estaba seguro de la visión; y el viejo reaccionó sin titubear. Corrió al máximo de sus posibilidades, desenvainó un filoso machete y de su boca salieron agudos y secos silbidos, como órdenes furiosas. Blandió el machete de plano, matar no era su intención. Golpeó al primer agresor, le siguieron dos más y rodaron por tierra; el cuarto pandillero, corpulento y mejor armado, enfrentó al viejo.
Helio giró el machete; puso el filo al frente y dijo en un seco lenguaje:
-Escogiste morir.
Desconcertado al oír su propia lengua, el jefe de la banda saltó a la oscuridad.






Los asesinos cayeron sobre Garras. Un coro de silbidos, restallando órdenes de combate, desgarró la noche. La mitad de los atacantes cayeron, los lamentos vibraron.
Sin pausa, más asaltantes se lanzaron sobre el remolino de puñales. Sangrando por múltiples heridas, Garras Prometeo siguió matando. Retrocedió y ascendió varios escalones. Un cerro de cadáveres fue el resultado de sus golpes de guadaña.




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La luz de la luna trepó desde los pies hasta su cara, y se oyó un quejido de la multitud cuando fueron capturados por la maligna seducción del líder tenebroso.
Despacio, Rompecráneos levantó sus inflados brazos, los otrora poderosos músculos estaban ablandados por la vida, robada y devorada, en el poder. Su cuerpo gritaba la verdad: hastío, dolor de alma, soledad espiritual, envidia, viciosa enfermedad.
- ¡Hermanos!- aulló –Están aquí para recibir la luz de mí sabiduría- Los gritos, chillidos, silbidos, saltos y llantos amenazaban extinguir la luna. Muchos rugían desconcertados ante su propia actitud.

sábado 30 de mayo de 2009

Cumpleaños de Wardjan

El 31 de Mayo del 2009, este blog, Wardjan, cumple dos años de nacimiento.

lunes 13 de abril de 2009

89, 94.- LUZ en Batalla y Comunión

¿Creíste que Luz es así? Te sorprenderás cuando veas su verdadera cara.
Capítulo 89: Apenas una batalla ganada
La batalla fue pavorosa, llantos de victoria, carcajadas de tristeza, ronquidos de muerte y la tierra embebiéndose de sangre, en silencio, ansiando rechazar la lluvia de dolor.
El sanguinario Rompecráneos, rodeado por sus más feroces guardaespaldas y adeptos, se abrieron paso entre la muchedumbre. Fueron dejando un reguero de cadáveres. Se proponían bajar de los cerros, esconderse en los maizales, cruzarlos y huir hacia el este. Sabían que muchos de los suyos habían huido, tiempo atrás, hacia esa región. Rompecráneos silbó órdenes.
-Nos reorganizaremos en el este. Regresaremos por la venganza.
En la retaguardia de los derrotados seguía la lucha, los perseguidores no querían dejarlos escapar.
-¡No entren en los maizales!- gritó Luz.
Fue coreada por Semilla y su grupo. La voz llegó hasta los enconados combatientes y los prófugos, libres de la persecución, se perdieron cerro abajo.
El lejano maizal les esperaba. Desde allí, muchos pares de ojos malignos observaron el descenso.
Los heridos fueron abandonados por las bandas de Rompecráneos. Pronto, los monstruos del aire los elevarían a las alturas. Los antiguos poderosos velaban sólo por su pellejo. Rompecráneos seguía gozando de ayuda, los guardaespaldas apostaban a un mejor futuro para sí mismos, en alguna otra parte, sí seguían con él.
Una suave y pertinaz llovizna comenzó a mojar la madrugada. La luz de la luna se atenuó con la capa de agua. Hubo un reagrupamiento de peregrinos a las puertas de la cueva y estaban derribando la barrera de rocas. Los cadáveres, de ambos bandos, tapizaban el terreno.
Al mismo tiempo que las teas se fueron consumiendo dentro de la cueva, el amanecer aumentó su brillo. La antorcha del sol tomó el mando de la luz. La multitud empujó el atril con El Gran Libro, hasta donde quedó iluminado; sin exponerlo a la suave lluvia.

Capítulo 90: La Palabra
El enorme atril muchas veces sirvió como púlpito. Incontables y elocuentes sabios habían emitido sus interpretaciones de la Ley, desde allí, en el desconocido pasado. Su plataforma había resistido el paso de los años. El Gran Libro, hecho a mano, a los expertos ojos de Luz, se conservaba de maravilla.
El Maestro Reidor se dejó caer sobre un mullido cerro de barbas de mazorca y ahora estaba al lado de Luz y Rayo. Ellos y toda la muchedumbre, mantenían los ojos fijos sobre El Gran Libro. Parecían esperar su voz. El receptáculo de la sabiduría permaneció mudo, decepcionando a muchos.
Comenzaron a mirarse unos a otros. Desconcierto y miedo empapaba la multitud. Eran niños perdidos en un feo bosque. La mayoría sabía leer y el resto conocía lo suficiente como para seguir a un lector, mientras pronunciaba las palabras escritas.
El miedo siguió creciendo, la duda a utilizar el conocimiento adquirido y asumir la responsabilidad de discernir entre lo malo y lo bueno, los mantenía callados. El terror a ser su propio guía y tomar las decisiones los enmudeció. El temor a ser adulto paralizó sus lenguas. El miedo a la libertad los atenazó.
Semilla, Rayo y El Maestro Reidor, desviaron sus miradas hacia Luz. Ella sintió las miradas de la multitud.
-No se atreven a tocarlo Tienen temor de leerlo. “El miedo al conocimiento”, como dijeron mis maestros.
La joven saltó al atril y como si fuera una enorme puerta, cerró la pesada tapa del Gran Libro. La luz del día destacó su figura sobre el mueble de madera, ella y El Gran Libro brillaban sobre el oscuro fondo de la cueva. Todos, sin excepción, podían ver hasta el último detalle. Numerosas manos se prestaron para voltear el sagrado objeto y dejarlo en su correcta posición. Después, ninguna de ellas se atrevió a separar la tapa del libro.
Con esfuerzo, Luz abrió la fuerte portada. Una inspiración colectiva, seguida de la contención de la respiración, movió al unísono todos los pechos.
Las letras de la primera página eran grandes, claras y legibles; sobre el amarillento, y muy antiguo papel, se destacó el texto. Una hermosa letra cursiva atrajo la vista de la multitud.
-Fue escrito a mano, es un ejemplar único. No fue impreso con planchas de madera como los libros modernos. Mis Maestros estarían maravillados- Pensó Luz, extasiada por la belleza de la página.
Y comenzó a leer en alta voz.

Capítulo 91: El Mensaje de Los Sabios
-Querida comunidad:
-Este libro ha sido escrito con la sana misión de hacer llegar hasta ustedes, la sabiduría acumulada por nuestros más preclaros hermanos y hermanas.
Todos los que tenían al alcance de la vista el sagrado texto, la imitaron en voz alta. Eran muchos, puesto que el tamaño del libro y la luz de la mañana, contribuyeron a tal efecto. Al finalizar la línea, Luz se detuvo un instante.
-¿Hermanas?- pensó. –Nunca hubo hermanas en El Gran Concejo, por lo menos que los actuales ancianos lo recuerden.
Se sobrepuso y continuó leyendo. El coro de voces la acompañó. Hasta el último de la multitud pudo enterarse del contenido.
-Nuestra vida monacal tiene muchas exigencias. Nuestros ayunos son largos y duros, pero nos dan fuerza espiritual. Nuestro cuerpo, templo de nuestra alma, necesita obligatorios cuidados. En una labor de años, más de la mitad de mi larga vida, he reunido las experiencias y conocimientos acumulados por nuestras hermandades. Aquí plasmo tal sabiduría. Estamos en tierras extrañas, debemos adaptar nuestros cuerpos a las exigencias de su clima. El alimento de nuestro cuerpo es importante; tanto como el de nuestra alma
Luz seguía leyendo y el coro magnificando su voz. El texto del libro se había convertido en una oración colectiva. Los cadáveres de los caídos parecían mansos feligreses atentos al sagrado escrito.
-Muchos de aquellos deliciosos manjares de nuestras tierras, no se encuentran aquí. Pero hemos sido bendecidos: tenemos el maíz y muchos otros frutos.
-Complicadas parábolas, todavía no capto su mensaje
- pensó Luz
Y continuó leyendo.
-En las siguientes páginas, encontrarán recetas recibidas por la tradición oral. Las adapté a nuestros actuales recursos, en compañía de mis hermanos y hermanas. Sus nombres están dirigidos a nuestro espíritu y su contenido a nuestro cuerpo. No separen uno de lo otro, se perdería el beneficioso efecto. Una sugerencia, hermanos y hermanas lectores: cuando tengan el alma desgarrada, abran al azar sus páginas y encontrarán alimento para cuerpo y espíritu.
Se terminó la página. Luz calló y también lo hizo el coro. Miró al Maestro Reidor y vio que éste, confundidas con la lluvia, tenía lágrimas en las mejillas. No le parecieron lágrimas de alegría.

Capítulo 92: Un coro de llanto
Las manos de Luz temblaban. La multitud estaba expectante, el olor del miedo a lo desconocido saturó el aire. La joven miró de nuevo la cara del Maestro Reidor, y vio más llanto. En la cara de Semilla distinguió temor y desconcierto. Rayo le sostuvo la mirada, esbozó una débil sonrisa y adelantó un paso al frente.
La joven se llenó de valor y tomando la primera página con ambas manos, la pasó con movimiento firme y decidido. Sin hablar leyó el título, luego con llorosa y débil voz pronunció:
-Ensalada para días brillantes.- El coro la imitó hasta en el pequeño sollozo del punto final.
Siguió un enunciado de componentes vegetales, un procedimiento de la tarea y una descripción de la presentación sobre el plato. Pasó la página y leyó primero el título, el cual, al igual que el anterior, estaba escrito con bellas letras con formas vegetales en sus trazos.
Luz, coreada por la multitud, siguió leyendo página tras página. No se atrevían a dejar de leer. Inmersos en la tarea, negaban la realidad. En la multitud muchos movían sus cabezas adelante y atrás, recitando en coro.
La furia fue invadiendo el menudo cuerpo de la joven. De repente, comenzó a pasar las páginas una tras otra, y más recetas alimenticias aparecieron. Ya nadie intentó leer en alta voz. La multitud pudo ver con claridad el similar contenido de cada hoja.
Jadeando por el esfuerzo, llegó a la última página y en un acto de furia negadora, las retrocedió una por una. Abrigaba la irracional esperanza de encontrar las sagradas escrituras. Llegó al principio, y se quedó mirando el prólogo leído antes. Por la cara de Luz corría la lluvia de sus ojos. El llanto del cielo siguió empapando la callada multitud. Los cuerpos de los caídos en la lucha fratricida, tenían surcos de agua a los lados de sus ojos. Parecían llorar por la inutilidad de sus muertes.
Todos comenzaron a someterse a la terrible realidad. Sabían de lo que hablaba el libro, desde siempre habían visto a los pescadores del río elaborar y con fuego, cocinar sus comidas en la playa o en la cubierta de los botes.
La desgarradora verdad se definió en palabras dentro de todas las mentes y en la de Luz.
-¡Es un libro de cocina! El Gran Libro, es un libro de cocina. La Verdad Escrita nunca existió. Desde el principio del principio, El Gran Consejo engañó al pueblo. Nunca nadie poseyó el conocimiento, ni siquiera para distinguir un libro de cocina de un Gran Libro. Nos engañaron, porque quisimos ser estafados.
Luz tomó asiento en el púlpito de los sabios y lloró con amargura, el coro la acompañó. La multitud, la acompañó.

Capítulo 93: Comunión
El Maestro Reidor, parado bajo la lluvia, leyó en voz muy baja el último párrafo de la introducción del libro.
-Sus nombres, están dirigidos a nuestro espíritu y su contenido a nuestro cuerpo. No separen uno de lo otro, se perdería el beneficioso efecto. Una sugerencia, hermanos y hermanas lectores: cuando tengan el alma desgarrada, abran al azar sus páginas y encontrarán alimento para cuerpo y espíritu.
Rayo lo miró de frente, sonrió y de un salto se proyectó sobre el atril. Luz lo miró entre la niebla de su llanto. Vio como Rayo intentaba abrir el libro avanzando un grueso grupo de páginas a la vez. Se levantó y lo ayudó.
Un bloque de páginas avanzó y golpeó con fuerza al otro lado del libro. Todos levantaron las miradas. El título de una receta, escrito con letras brillantes y muy adornadas, se destacó a la todavía tenue luz solar.
-Dulce amarillo para un triste luto. – Leyó Luz en alta voz. La multitud hizo coro y la joven continuó.
-Hermano, hermana. Tomen una mazorca de maíz tierno, coman sus suaves granos amarillos como el sol, despacio, paladeen su dulzura. Sientan el sabor de la luz y la tibieza. Permitan que su cuerpo se inunde con su optimismo. Cada una de estas semillas pudo haber sido una gran planta al sol de las llanuras, ahora formará parte de ti. Fortalecerá tu cuerpo para que tu alma se sostenga en este mundo. No la defraudes, nació para ti.
Luz guardó silencio. El Maestro Reidor tomó granos de maíz tierno, los repartió entre Luz y Rayo y dio algunos a los más cercanos. Semilla y sus amigas le imitaron. Los dorados granos fueron pasando, de mano en mano, hasta llegar a los últimos de la silenciosa multitud.
Un rato después, cada mano tenía brillantes y pequeños soles. Hasta las de los muertos sostenían las perlas amarillas. Los gigantescos caídos, congéneres de Rompecráneos, también tenían los suyos. No hay enemigo después de la muerte.
Luz, de pie, con Rayo a su lado, comió, muy despacio, el primer grano. Al mismo tiempo todos la imitaron. La lluvia comenzó a amainar, el sol empezó a brillar.

Capítulo 94: Salvados por ellos mismos
La fresca y luminosa mañana regó de luz hasta el último rincón de los cerros y la llanura. La multitud no se movió. Una capa de húmeda tristeza todavía los cubría. El optimismo apenas estaba en semilla dentro de sus cuerpos, después de la comunión con los granos dorados.
De nuevo, las miradas convergieron sobre Luz, ella permaneció sobre el atril del libro, junto a Rayo. Entonces la joven habló muy despacio. El coro de repetidores la siguió y se detuvo poco a poco. Ella continuó subiendo el volumen de su voz y la llanura se dispuso a escuchar.
-Hace más de dos mil años, dos pueblos hermanos lucharon hasta la muerte. ¿La razón? La misma que nos llevó hoy a matarnos entre hermanos: diferentes opiniones de cómo gobernarnos. Diferentes opiniones de cómo llegar a la paz. Diferentes opiniones de cómo llegar al poder y mantenerlo.
-¿Por qué se recuerda aún esa contienda? Quedó escrito y los amantes de la escritura conservaron esos documentos para no olvidar que los ganadores tuvieron como jefe un gran Estadista. Él pronunció unas palabras que se han ido repitiendo hasta hoy en las mentes de los seguidores del bien colectivo.
-El gran estadista se llamó Perícles y esas tres palabras fueron: Ley, Libertad, Igualdad. Su sistema de gobierno fue llamado Democracia. Después de esa triste matanza, no terminó la diferencia de opiniones. Persiste hasta nuestros días.
-¿Por qué llegan al poder seres tan contrarios al espíritu de la Democracia?-y Luz contestó su pregunta.
- Porque les entregamos nuestro poder. Porque nos convencemos que sin ellos no podríamos llegar.
Luz alzó la voz.
-Ustedes no necesitan ser salvados por un gran líder, los líderes son ustedes mismos. Ustedes no necesitan que les interpreten las cosas, ustedes son capaces de revisar, y corregir de ser necesario, sus propios criterios y opiniones. Ustedes no necesitan matar para convencer: ustedes cuentan con la palabra hablada y escrita. Ustedes no necesitan creer a ciegas en la palabra escrita, las escrituras también pueden mentir o estar equivocadas. Ustedes no necesitan atacar al oponente, combatan sus ideas, no su cuerpo.
Hizo una larga pausa, y nadie habló, nadie se movió. Hasta los pensamientos estaban detenidos en sólo una idea.